Sobria esquela de Bergoglio
Apuesto a que el Papa está muerto del bochorno y de la risa con los ríos de melaza que están corriendo sobre su vida y milagros para subirle a los altares antes de darle tierra


Ha fallecido un varón de 88 años a causa de un derrame cerebral y el posterior colapso cardiorrespiratorio. El deceso, sin ser tan previsible como el de quienes están ahora mismo en situación de últimas horas en hospitales y domicilios, no ha sido ninguna sorpresa para nadie. El difunto había pasado 37 días ingresado con una neumonía comiéndole los pulmones y estado dos veces a punto de morir antes de ser dado de alta hace un mes con el fuelle justo para no ahogarse encima y la cara inflamadísima por los mismos corticoides que le desinflamaban las vías. Así le vimos penar su particular via crucis de Semana Santa hasta que el lunes de Pascua, de madrugada, hizo su definitivo mutis por el foro tras haberse despedido bendiciendo a la ciudad y el mundo. Sí, claro. Hablo de Francisco, el papa de Roma, el pastor a quien 1.400 millones de fieles llaman santo padre. Pero aquí quiero despedir a Jorge Mario Bergoglio, argentino de Buenos Aires, el hombre muerto tras siete décadas y media de vida notables y una docena de años finales extraordinarios.
Para unos, un valiente revolucionario. Para otros, un cobarde posibilista. Si hizo, o no, lo que pudo, lo que supo o lo que quiso es un enigma cuya clave se lleva a la tumba. Pero sospecho que, si tienen razón quienes le trataron de vos a vos, sin más ceremonia que la reserva, el finado que yace en una caja roja en la basílica de San Pedro, mitra en testa y rosario en ristre, además de lo suyo, está muerto de bochorno y de risa ante los hectólitros de miel y hiel que se están vertiendo sobre su vida y milagros por teles, radios y periódicos. Porque, sí, ya hay quien jura haber sido testigo de tales prodigios, indispensables para iniciar su subida a los altares antes siquiera de darle tierra. Así, al menos, me gusta imaginar a Bergoglio: con su mucho de retranca y su poquito de mala hostia, riéndose hasta de su papal sombra y al cabo de la calle de las andanzas de dios y el diablo. Ese hombre al que llorar, llorar, lloran hoy los suyos. Su única hermana viva. Sus asistentes del cuerpo. Sus amigos del alma. El resto: de reyes a jefes de Estado pasando por toda la Curia lloran por ellos mismos, como lloramos todos en los sepelios cuyos finados no nos tocan nada. Descanse en paz, Jorge Mario, y que nos espere muchos años.
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